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Actividad física: la herramienta preventiva más subestimada en medicina interna

La actividad física es, después del control del tabaquismo, una de las intervenciones con mayor impacto comprobado en la reducción de enfermedades crónicas no transmisibles. Sin embargo, en la práctica clínica diaria sigue siendo uno de los pilares menos priorizados por los pacientes, a pesar de que su efecto protector abarca el sistema cardiovascular, metabólico, óseo y mental. Entender cómo el movimiento regular transforma la fisiología del cuerpo permite comprender por qué la prescripción de ejercicio debería tener el mismo peso que cualquier otro tratamiento médico.



1. ¿Por qué el sedentarismo se considera hoy un factor de riesgo tan importante como el tabaquismo o la hipertensión?


El cuerpo humano no está diseñado para la inactividad prolongada. Cuando los músculos permanecen inactivos durante largos periodos, se reduce la sensibilidad a la insulina, disminuye la capacidad del organismo para metabolizar grasas y se favorece la acumulación de tejido adiposo visceral, el más asociado a enfermedad cardiovascular y síndrome metabólico. La Organización Mundial de la Salud ha clasificado la inactividad física como el cuarto factor de riesgo de mortalidad global, responsable de millones de muertes prematuras cada año.


A esto se suma que el sedentarismo actúa de forma silenciosa: a diferencia del dolor o la fiebre, no genera síntomas inmediatos que alerten al paciente. Su impacto se acumula durante años, hasta manifestarse como hipertensión, resistencia a la insulina o enfermedad coronaria. Por eso, desde la medicina interna, evaluar el nivel de actividad física de un paciente es tan relevante como preguntar por sus antecedentes familiares o sus hábitos alimenticios.


2. ¿Qué cambios fisiológicos concretos produce el ejercicio regular sobre el sistema cardiovascular y metabólico?


El ejercicio aeróbico regular mejora la capacidad del corazón para bombear sangre de forma eficiente, reduce la frecuencia cardíaca en reposo y contribuye a disminuir la presión arterial en pacientes hipertensos. A nivel metabólico, la contracción muscular activa vías de captación de glucosa independientes de la insulina, lo que mejora el control glicémico incluso en personas con resistencia a la insulina o diabetes tipo 2 ya establecida.


El ejercicio también favorece un perfil lipídico más saludable, aumentando el colesterol HDL y ayudando a reducir los triglicéridos, dos marcadores directamente relacionados con el riesgo cardiovascular. Estos cambios no requieren rutinas extremas: estudios clínicos muestran beneficios medibles con apenas 150 minutos semanales de actividad moderada, lo que equivale a caminar a paso rápido unos 30 minutos, cinco días a la semana.


3. ¿Cómo debe prescribirse el ejercicio en pacientes con síndrome metabólico o enfermedad cardiovascular ya diagnosticada?


La prescripción de ejercicio en estos pacientes no puede ser genérica. Debe individualizarse considerando el estado cardiovascular basal, la presencia de comorbilidades y, en algunos casos, requiere una evaluación previa mediante prueba de esfuerzo antes de iniciar un programa de entrenamiento. El objetivo inicial suele ser combinar ejercicio aeróbico de intensidad moderada con entrenamiento de fuerza dos a tres veces por semana, ya que la masa muscular funciona como un órgano metabólicamente activo que mejora la sensibilidad a la insulina.


La progresión debe ser gradual: comenzar con sesiones cortas y de baja intensidad, aumentando el tiempo y la exigencia conforme el paciente gana condición física, siempre bajo supervisión médica en los casos de mayor riesgo. Este enfoque escalonado no solo reduce la probabilidad de eventos adversos durante el ejercicio, sino que mejora la adherencia a largo plazo, que es, en la práctica, el mayor determinante del éxito de cualquier plan de actividad física.


4. ¿Qué relación existe entre la actividad física y el manejo de pacientes bajo tratamiento anticoagulante?


En pacientes anticoagulados, la actividad física no solo es segura en la mayoría de los casos, sino que resulta especialmente beneficiosa: mejora la circulación venosa, reduce el riesgo de estasis sanguínea y contribuye a prevenir nuevos eventos trombóticos. La inmovilidad prolongada, por el contrario, es uno de los principales factores que favorecen la formación de trombos, especialmente en las extremidades inferiores.


Sin embargo, este grupo de pacientes requiere ciertas consideraciones particulares: se recomienda evitar deportes de alto contacto o con riesgo elevado de caídas y traumatismos, dado el mayor riesgo de sangrado asociado a la anticoagulación. Actividades como caminar, nadar o el ciclismo de baja intensidad suelen ser opciones seguras y efectivas, siempre ajustadas según el tipo de anticoagulante, la dosis y el perfil de riesgo individual de cada paciente.


Conclusión


La actividad física regular es una de las intervenciones más poderosas y accesibles para prevenir y controlar enfermedades cardiovasculares y metabólicas, incluso en pacientes con condiciones complejas como el síndrome metabólico o el tratamiento anticoagulante. Su prescripción debe ser individualizada, progresiva y respaldada por evaluación médica, pero el mensaje central es claro: el movimiento es medicina, y sus beneficios comienzan a notarse desde las primeras semanas de práctica constante.


Bibliografía


  1. World Health Organization (WHO). WHO Guidelines on Physical Activity and Sedentary Behaviour. Geneva: World Health Organization, 2020. (Documento que establece la inactividad física como uno de los principales factores de riesgo de mortalidad global y define las recomendaciones mínimas de actividad semanal).

  2. American College of Sports Medicine (ACSM). ACSM's Guidelines for Exercise Testing and Prescription, 11th edition. Philadelphia: Wolters Kluwer, 2021. (Referencia clínica sobre la prescripción individualizada de ejercicio en pacientes con enfermedad cardiovascular y metabólica).

  3. American Diabetes Association (ADA). Standards of Care in Diabetes: Physical Activity. Diabetes Care, 2024; 47(Supplement_1): S77-S89. (Evidencia sobre el efecto del ejercicio en la sensibilidad a la insulina y el control glicémico en pacientes con resistencia a la insulina y diabetes tipo 2).

  4. American College of Chest Physicians (CHEST). Antithrombotic Therapy for VTE Disease: Guidance on Physical Activity in Anticoagulated Patients. CHEST Guideline and Expert Panel Report, 2021. (Recomendaciones sobre el tipo e intensidad de actividad física segura en pacientes bajo tratamiento anticoagulante).

 
 
 

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